Liderazgo y humildad

(1 Pd 5:1-11)

El tema de fondo que Pedro quiere abordar es la necesaria humildad dentro de nuestras relaciones en la iglesia. Decía Miguel de Cervantes Saavedra:

“La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea”

En términos sencillos dice la enciclopedia:  La humildad es aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. Una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta como lo es una persona soberbia, quien se siente autosuficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia.

En su exhortación a la humildad Pedro va a dividir a sus oyentes en tres grupos: los ancianos, los jóvenes y todos en general.

Empieza diciendo: “Y ahora, una palabra para ustedes los ancianos en las iglesias. También soy un anciano…” (v1 y 2)

LA HUMILDE AUTORIDAD DE PEDRO.

A estas alturas de su vida, Pedro ha sufrido un cambio asombroso. Ya no es aquel hombre orgulloso y gallardo que se creía más valeroso que sus compañeros, que dijo: “aunque todos te abandonen, yo jamás te abandonaré” (Mt 26.33)

Tampoco es más aquel que fue capaz de recriminar al Señor por el hecho de hablar de su muerte en la cruz, y que le llevó al Señor a responderle: “quítate de delante de mí Satanás”.

Cuando escribe la carta, Pedro es un apóstol, su figura es ampliamente reconocida a nivel universal dentro de la iglesia del Señor, pero no hace uso de ese título exclusivo que le brinda autoridad por encima de cualquier líder de la iglesia. Dice de sí mismo que es simplemente un anciano, un anciano como ellos.

A los que presidian las iglesias locales se les llamaba en aquel tiempo ancianos u obispos. El término anciano fue tomado de la tradición judía que lo saba para referirse a sus líderes religiosos. La iglesia primitiva heredó este nombre, y lo usó para referirse al cargo de quien presidía la obra del Señor o al conjunto de hermanos que lo hacían en una congregación local. Sería lo equivalente al cargo de pastor en nuestro tiempo.

Por tanto, no era un término usado para señalar que alguien ya era muy viejo, lo cual supondría las consabidas limitaciones físicas de una persona mayor, y que por tanto ya estaba jubilado o fuera de combate. Pero tampoco era un título exuberante, que denotaba excesiva importancia. Era un término que señalaba el hecho de que quien presidiera una iglesia no podía ser un nuevo en la fe, que debía ser una persona madura con una fidelidad probada a lo largo de los años. Por eso Pablo decía al respecto que no se podía elegir a un neófito para dicho cargo porque corría el riesgo de envanecerse, de caer en la condenación del diablo. Porque en efecto, lo que se puede entender de la Escritura es que Satanás se rebeló contra Dios porque se dejó poseer por la soberbia que le dio su cargo y su belleza.

Pedro quiere dirigir unas palabras a estos hermanos, que presiden y gobiernan la iglesia, pero no se pone en un lugar de supremacía sino de igualdad, dice: “Yo también anciano como vosotros”.  Se quita los galones de apóstol y se hace como uno de ellos.

Y desde esa posición de igualdad se inclina aún más pues emite un ruego, como veremos más adelante.

Parece ser que Pedro ha detectado un problema, un viejo problema que es universal, al interior de la iglesia y por supuesto también en el liderazgo. Me refiero a La “enfermedad” espiritual del orgullo. Ese infame deseo o intención de pretender conducir los asuntos del Señor en su iglesia siguiendo el modelo del mundo, en el que generalmente los lideres no son servidores sino se sirven de la gente. Ese pecado de querer conducir la obra de Dios con arrogancia, de querer meter las manos manchadas de orgullo en las cosas santas de Dios.

Es consciente que un lugar en donde se es respetado y hasta venerado puede generar un grave problema en el corazón de la persona.

El orgullo destruye vidas, familias, iglesias y hasta naciones. El corazón humilde del principio del servidor se puede torcer, se puede desviar. El rey Salomón del principio de su reinado era un hombre humilde que solamente le pidió sabiduría a Dios para gobernar, pero luego convirtió su vida personal en un desastre, y algo parecido había pasado antes con el rey Saúl, que de ser un joven tímido y humilde al principio de su reinado terminó siendo un demonio, lleno de soberbia, celos y odio.

 Este es un gran peligro que se cierne sobre todos nosotros. Veamos dos situaciones:

-En todas las caídas en pecado sexual de pastores y líderes de renombre, si nos fijamos un poco más adentro del problema vamos a encontrar el pecado del orgullo. El pecado de sentirse superior al resto de los hermanos, y volverse vano creyéndose estar en una escala superior de espiritualidad que le permite ser laxo en su cuidado personal. Confiar en sí mismo, en los logros, las habilidades, los dones y talentos.

Por otro lado,

-Cuando creemos que son los títulos o cargos pastorales y ministeriales los que nos confieren valor y nos hacen más importantes que los otros, entonces hemos comenzado a transitar por un camino peligroso. Pablo dijo “el conocimiento envanece, pero el amor edifica”. Incluso el conocimiento teológico y hasta bíblico nos puede hacer orgullosos si no desarrollamos la teología del corazón. Ese constante autoexamen, el arrepentimiento, la practica del perdón en sus dos facetas, la de perdonar y pedir perdón, la práctica de no compararnos con los hermanos ni juzgarles, la práctica de la rendición de cuentas.

Los pastores somos simplemente ancianos, todos los demás títulos sobran si van a inflar nuestro corazón y le van a robar la gloria a Cristo.  Aún los calificativos de “siervo”, “ungido”, “salmista” que parecen denotar un grado de humildad y de intimidad con Dios, se usan últimamente de modo que me hacen sospechar que podemos estar haciéndole daño a las personas.

Y todos somos siervos de Cristo, para ser más exactos, según el termino griego que usaba Pablo, todos somos esclavos de Jesucristo, eso somos.  

TESTIGO DE LOS PADECIMIENTOS DE CRISTO

Si hay un mérito que Pedro señala de sí mismo, en realidad no lo es, se trata más bien de una concesión divina que le cambió la vida para siempre: fue testigo de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo: Ha sido testigo de sus padecimientos y le seguirá en ese camino.

Aquí tenemos la fuente, la esencia del llamado a tener un corazón humilde:

Nuestro camino no debe ser distinto al del Señor Jesucristo. Debemos recordar las palabras de Pablo en Filipenses: Cristo se vació, se despojó de su gloria y se hizo siervo por nosotros, se humilló a si mismo, y aun fue más abajo pues se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Los ancianos, los jóvenes y la iglesia en general deben seguir ese ejemplo, “Haya pues en vosotros ese mismo sentir que hubo en Cristo Jesús…” (Filp 2)

Si quieres ser pastor, o presidir algún ministerio porque anhelas reconocimiento y no estas dispuesto a humillarte y hasta incluso ser humillado, en mal lugar estamos.

Si queremos cambiar ese camino, el de la humillación a uno de prestigio y reconocimiento, vamos a querer forzar las cosas, vamos a aplastar y dañar personas y aunque la organización se haga fuerte y contundente, el Espíritu se habrá ido de allí. Porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.

Por tanto:

Los ancianos están para pastorear, para cuidar el rebaño, para guiar al pueblo no para enseñorearse de él.

¿Porque la analogía del pastor y el rebaño (cuiden del rebaño que Dios les ha encomendado)?

Somos ovejas, no nos creamos otra cosa, somos indefensos, vulnerables, no podemos vivir seguros sin un pastor. Esto es una patada directa al corazón de nuestra naturaleza caída y orgullosa porque queremos ser autosuficientes y autónomos. Y lo eres en cierta medida, seguro que sí, pero dentro del redil, a donde los ojos del pastor llegan, pero no más allá de ellos.

Por tanto, Dios ha puesto ancianos en la iglesia para que nos cuiden, para que velen por nosotros.

Y a los ancianos les ha dado una enorme responsabilidad, que nos hace temblar, esto es cuidar del rebaño del Señor. Porque los ancianos y pastores daremos cuentas al Señor por el rebaño, según enseña la biblia.

Sin duda que al escribir esto Pedro está recordando las palabras que él Señor dirigió a él por tres veces: “¿Pedro me amas…apacienta mis corderos?”.

Amar al Señor es amar al rebaño, es preocuparse y ayudar a su pueblo, es cuidarle en todo sentido: con la oración, con la palabra, enseñanza y exhortación, con el servicio. Y en todo amor. Es velar, es llorar es sufrir, es también gozarse viendo como avanza el rebaño, como crece, como se desarrolla, como oye la voz del Pastor de pastores y le sigue.

¿Cómo cuidar el rebaño? Pablo, en su despedida de los ancianos de Éfeso les decía las claves de cómo cuidar al rebaño y los peligros a los que está expuesto: Hch 20: 28-31.

«Cuídense a sí mismos”, les dice Pablo a los ancianos, y Pedro: “no cuiden el rebaño de mala gana, ni por beneficio personal, ni abusen de su autoridad”.

“Guíelos con el ejemplo”: Tus hijos no siempre te oirán, pero siempre te imitarán (E Cole).

Por otro lado:

Los jóvenes deben aprender a obedecer la autoridad de los pastores y ancianos.

“Del mismo modo, ustedes las más jóvenes tienen que aceptar la autoridad de los ancianos…”

Su ímpetu y energía deben canalizarle según el sabio consejo de quienes presiden la iglesia.

Los jóvenes son un maravilloso recurso humano que tiene la iglesia, sus energías, su frescor, sus fuerzas inyectan vitalidad en la iglesia. Hay que animarlos, aconsejarles, pero también escucharlos, oírlos, este es su tiempo, de lo contrario corremos el riesgo de quedarnos estancados en el pasado, con maneras y formas de llevar la iglesia que ya no tienen sentido.

Pero toda esa energía y todo su conocimiento, y a la vez su falta de experiencia puede jugarles una mala pasada si se conducen con altanería y soberbia.

He oído frases como “yo solamente obedezco al Señor”, aquí se esconde y a la vez se revela un corazón rebelde. Es casi como decir “yo hago lo que se me da la gana, a mi nadie tiene que decirme nada”.

Finalmente dice Pedro: “Y todos vístanse con humildad, en su trato los unos con los otros”.

El Señor ha puesto autoridades en la iglesia para que nuestro corazón de naturaleza rebelde y soberbia aprenda la obediencia, el respeto y la humildad.

Frases como “el E Santo me ha dicho”, agradecería que la corroboráramos con la Escritura, la confrontaras frente a ella. Que preguntaras a tus pastores o ancianos de la iglesia, si piensan que verdaderamente es palabra del Señor o es palabra de uno mismo. He visto a mucha gente tomar decisiones erradas por la impulsividad del orgullo, de la falta de humildad detrás de la impaciencia, y luego haber cosechado dolorosas consecuencias.

Nos debemos preguntar:

¿Con qué corazón sirvo? ¿Por qué sirvo? ¿qué pretendo habiendo asumido tal o cual responsabilidad?

Porque, aunque sea la obra de Dios lo que hacemos, si hay un corazón orgulloso, entonces el mismo Dios se opone a nosotros (v5).

Quien ministra movido por el orgullo lucha contra Dios. Es lo más vergonzoso que quienes se declaran pastores, líderes o iglesia de Cristo sean un ejercito de orgullosos, rebeldes y obstinados que siguen su propia voluntad y nunca se sujetan a nadie, despreciando la autoridad sobre sus vidas.

No debes buscar el reconocimiento ni la exaltación, si Dios lo quiere, él te lo dará, pero no lo busques.  Dice Pedro:

“Así que humíllense ante el gran poder de Dios y, a su debido tiempo, él los levantará con honor” (V6).

“Así, cuando venga el Gran Pastor, recibirán una corona de gloria y honor eternos” (V4).

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